
Yo quiero que acabe esto ya, estoy harta. Exijo que se acabe y vuelva todo a la normalidad.
Quiero abrazar a mis padres, a mi vecina del segundo... Quiero volver a bajar a la urbanización y sentarme con mis vecinas a tomar una cerveza mientras los niños juegan juntos, mezclados y se chupan y se tosen y nos da igual.
Quiero que vuelva la gente que se ha ido, que desaparezcan las lágrimas, el dolor y el miedo. Qué vuelva a ser aquel lunes en la terraza de "Los 100 Montaditos" dos horas antes de que esto saltara como salta una chispa que no sólo prende fuego si no que explota y no nos deja lugar donde escondernos.
Y ahora se pone a nevar, como si el tiempo tampoco supiera que hacer, despistado. Y qué más da.
Ya no hay Semana Santa, ni en León, ni en ninguna parte. Este año mis hijos no le darán la mano a los papones, no "mataremos judíos", no habrá patatas en Las Torres, no habrá encuentros con amigas, no habra Iowana, no habrá Ana, no habrá cine con Elena, no habrá escapada para cenar con Sergio y Marta aprovechando abuelos.
No habrá finca, no habrá cama elástica, no habrá ver a mi hermano y comidas familiares a mes y medio de una boda que no se sabe si se celebrará, ni ver mi cuñada, ni a mi sobrino.
Pero no se ha parado el tiempo, sólo lo vivimos en forma de encierro y el corazón late con cada noticia, con cada infectado y con cada fallecimiento.
Una tortura. Jamás vivimos nada igual y las generaciones que lo hicieron se están yendo y se llevan ese recuerdo. Pronto esto será lo peor vivido de la historia que se pueda recordar.
Se van las personas mayores, y los no tan mayores. Esta mierda se lleva a nuestros padres, a nuestros abuelos y nos está dejando HUÉRFANOS.
Pero está nevando... Y es muy bonito, aunque no es lo mejor para parar esta pandemia. Sería mejor el sol y el calor, pero los niños miran por la ventana y sonríen -¡Mira mamá! ¡Está está nevando!
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