Cuando médicos, enfermeras, anestesistas... Empiezan a escuchar el relato de tu última cesárea no pueden creerse lo que les estás contando. El miedo varía las experiencias y un mismo protocolo puede resultar un "paseo" para unas y una pesadilla para otras.
Está claro que cómo afrontes el momento que vas a vivir determinará todo: el quirófano, el post operatorio, incluso los primeros días con tu bebé.
De modo que, ante el pavor que me producía revivir la experiencia que había tenido con Álvaro, me dediqué a contarle a todo el que quisiera escuchar y puediera intervenir, mi horrible vivencia.
Lo que encontré fue un puñado de profesionales que se unieron dispuestos a que yo viviera una cesárea completamente diferente.
En primer lugar, la Dra. Gómez Trimiño me apoyó en todo momento y me tranquilizó desde el comienzo y de ahí en adelante todos, matrona, anestesista, enfermeros...
Cuando bajé a quirófano aún iba llorando de terror, no era muy optimista en cuanto a que consiguieran mantenerme en calma y no sedarme como la última vez. De hecho, yo ya iba pidiendo que me durmieran y anunciando que no iba a ser capaz de soportar la tensión y los nervios de la operación.
Y para allá que iba, con mi marido a mi lado, que se empeñaba en repetir una y otra vez que quería entrar, y yo decía que no (sobre todo porque no me viera perder los nervios y hacer el ridículo).
Pasé sóla y allí estaba yo, de nuevo, abrazada a un enfermero mientras me pinchaban una y otra vez en la espalda. El caso es que, si hay que ser sincera, no entiendo por qué me daba todo tanto miedo y eso no... Que al fin y al cabo, y a toro pasado, es lo peor.
Pues mientras me pinchaban y el anestesista me relataba cada pinchazo que arreaba, yo me iba riendo cada vez más con él y el enfermero. Hablábamos algo acerca de que mi marido era el "culpable" de mi trance y como viera que entraban al trapo yo cada vez tenía mejores ocurrencias y entre aguja y aguja los tres cada vez nos reíamos más.
Pero cuando me vi tumbada, atada con los brazos en cruz, la sábana azul que no me dejaba ver nada y personas con la cara tapada que me miraban fijamente... Me entró el pánico y de nuevo empecé a pedir sedación. Sobre todo puse mucho empeño en demostrar que aún movía las piernas... bueno, los pies... bueno, los dedos de los... ¡Jo! Ahora sí que no podía moverme, por lo tanto nada de huir. El anestesista me hablaba y yo sólo pensaba en que no sabía que pasaba ahí abajo. Me iban a "hacer una incisión" y estaba esperando la llegada del dolor. Miraba suplicante al anestesista que no me hacía caso. Yo pedía que me durmieran y él decía que no. Es más, creo que se lo tomaban a broma... ¿Por qué tuve que estar tan graciosa?
Entonces me anunciaron que la dra. ya había empezado -¿ya?-. ¡Ah! Pues entonces teníais razón... No duele (era obvio pero no me lo creía)... ¡Ah! Pues ya me quedo más tranquila. Y me quedé tranquila. Tanto que desde ahí empezamos a reirnos y a tener todos ocurrencias muy graciosas sobre el momento el cuál estábamos viviendo. Y la matrona dijo -¿entra el papá?-. ¡Qué entre pues!- Que más da, sólo nos faltan las cañas y las tapas... Aquí de risas todos mientras tengo la barriga abierta. Y entró José Carlos, tan feliz por su logro y a mi lado estuvo mientras nos reíamos todos de algo que no recuerdo.
Me dijeron que me iban a presionar la barriga para sacar a la niña y duró un segundo. Me dijeron que la veria pasar por la derecha y ahí que la vimos, blanca como un fantasma, aún sin oxigeno en la sangre... La escuchaba llorar y al momento pusieron su carita junto a la mia y yo entre risas y emoción me sentí muy agradecida por como entre todos me ayudaron a no perderme ese momento. Después el papá la cogió en brazos y ya no se separó de ella.
Lo primero que pregunté cuándo nació fue "si estaba bien" y "si de verdad era una niña".
Me preguntaron si quería que me sedaran un poco mientras me limpiaban y cosían pero dije que no. Estaba bien acompañada, un equipo estupendo y si giraba un poco la cabeza a mi lado mi marido y mi hija. ¿Para qué dormir?
Pero empezó a dolerme la cabeza y me entraron ganas de vomitar. Se lo dije al anestesista y algo me puso que se me quitó al momento pero también entré en un estado de "exhaltación de la amistad" y me puse a dar las gracias emocionada a todo el mundo. Lo que suscitó más risas y puso el broche final a lo que había sido más parecido a una cena de amigos que a una cirugía.
¿Consecuencias? Menos dolor, mejor tiempo de recuperación, mejor estrechamiento de lazos con el bebé... Y es que el miedo o la risa pueden cambiarlo TODO.
Gracias a la Dra. Gómez Triminiño y al equipo que me atendió por su paciencia y buen humor.
Pero sobre todo Marisa, gracias, porque lo dije "drogada" pero es cierto. Has asistido el nacimiento de mis tres hijos con toda tu profesionalidad y tu cariño. Hace 5 años busqué en internet quién era la mejor ginecóloga y apareciste tú. Te busqué y aquello fue lo mejor que me ocurrió en la vida. Jamás podré agradecertelo como mereces. GRACIAS
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